Rosy
Baeza
Cuando las raíces gritan
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Esta autobiografía novelada narra la historia de Aurelia, la mayor de tres hermanas e hija de una madre con trastorno bipolar.
Al rozar los cincuenta años —edad que percibe como un umbral decisivo para su propia salud mental—, el duelo por la pérdida de un ser querido la sumerge en la confusión y en la imperiosa necesidad de dar sentido a la condición que marcó a su familia. En este recorrido por sus recuerdos e historias olvidadas, Aurelia aprende a mirar el pasado con compasión, resignifica la relación con su madre, redescubre a sus seres queridos y honra sus raíces.
© 2021
© 2021
Rosy Baeza
Rosy Baeza nació en Villahermosa, Tabasco, en el año de 1972, siendo la mayor de las tres hijas entre Yolanda Arias y Martín Baeza. Es licenciada en Quimicofarmacobiología por la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP). Rosy es una curiosa insaciable y soñadora, apasionada de la filosofía, el crecimiento personal, la salud mental, el yoga y el journaling. Se convirtió en madre de tres hijos y fue a través de la escritura que encontró un camino para sanar, dando así un nuevo significado a la vivencia familiar con la bipolaridad.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
Cuando las raíces gritan
Esta autobiografía novelada narra la historia de Aurelia, la mayor de tres hermanas e hija de una madre con trastorno bipolar.
Al rozar los cincuenta años —edad que percibe como un umbral decisivo para su propia salud mental—, el duelo por la pérdida de un ser querido la sumerge en la confusión y en la imperiosa necesidad de dar sentido a la condición que marcó a su familia. En este recorrido por sus recuerdos e historias olvidadas, Aurelia aprende a mirar el pasado con compasión, resignifica la relación con su madre, redescubre a sus seres queridos y honra sus raíces.
Cuando las raíces gritan
Capítulo 1
1.
—¡Qué miedo enfermarme! —exclamé sin darme cuenta mientras deshebraba el quesillo y giraba las tortillas del comal con las pinzas para no quemarme.
La frase se me escapó sin intención. No le había compartido que el miedo me acosaba en los últimos días.
—¡No inventes! —dijo con ese tono de que todo va a estar bien, al mismo tiempo que tomaba los mantelillos de cuadros grises y se preparaba para llevarlos a la mesa del comedor, donde esa noche cenaríamos—. ¿Por qué te preocupas por eso ahora? —Me miró mientras repartía cada mantel frente a nuestros lugares.
Su cara de incredulidad no daba cabida a mi miedo. Llevó la mano a su frente, su mirada se desvió al piso y, con un ligero movimiento de negación, parecía decir: «¿Qué le pasa?».
—¡Estoy por cumplir cincuenta años! ¡Entiéndeme, estoy llegando al quinto piso de la vida! ¿No es lógico que pueda enfermar?
Soltó un suspiro y, haciendo acopio de paciencia, replicó:
—¿De qué estás hablando? Date cuenta de que nunca, al menos desde que yo te conozco, y de eso hace más de veinticinco años, has dado indicios de descontrol emocional, y mucho menos un atisbo de comportamiento psicótico. Eres una mujer tranquila, o al menos lo pareces. La mayor parte del tiempo eres ecuánime y reflexiva, más de lo que me gustaría. Sabes controlarte, incluso mucho mejor que yo. Ni siquiera te enfrentaste a la depresión posparto cuando nacieron nuestros hijos. Es más, casi no sé distinguir los periodos de bajón anímico que dices experimentar; te las apañas muy bien para que no se te noten. ¡Olvídalo, Aurelia! Tu miedo ante la posibilidad de enfermarte no tiene ninguna base. —Movió suavemente la cabeza de lado a lado.
—¡Tienes razón!
Mi cuerpo comenzó a recobrar el calorcito que me había abandonado cuando, tras mi declaración inicial, mi mente, espontáneamente, se había ido a recrear escenarios similares a los que viví cuando mamá se enfermaba. De momento me sentí menos temerosa; no sé por qué me pareció una buena idea hurgar en mis memorias —mientras él se dirigía a la mesa a poner los platos sobre los mantelillos, el pan de dulce y las tazas para el chocolate, y yo colocaba el queso deshebrado en las tortillas— en busca de aquellos momentos en los que había experimentado emociones intensas: quería recordarme controlándolas.
En cuestión de segundos viajé a mi infancia a escanear emociones. Recordé la euforia que sentía al bailar en todos esos festivales del Día de las Madres mientras cursaba la primaria. Mi emoción durante aquellas presentaciones superaba por mucho la frustración que me causaba que mis trajes siempre fueran diferentes al del resto de las niñas; mamá siempre se empeñaba en hacerlos, desviándose de las instrucciones que enviaban las maestras para su confección. Recordé las decepciones que me llevé al no ganar ninguno de los concursos de poesía en los que participaba: siempre quise ser reconocida por ser buena en algo más allá de mis excelentes calificaciones. La desilusión cuando mi primer novio, guapo, güero y alto, me dijo así, nada más porque sí: «Ya no quiero ser tu novio»; había llegado una niña más bonita a la escuela y quería estar con ella. Recordé la contracción de mi vejiga cuando, casi dando alaridos, papá me decía que debía quedarme encerrada en mi cuarto. Recordé las protestas que se quedaron atoradas en mi garganta; el miedo y la impotencia me impedían estallar en rabia. Había momentos en los que un vaso, una cuchara, un cinturón o cualquier cosa que tuviera a su alcance podía salir disparada hacia mí. Recordé mi desesperación por cumplir sus órdenes al tronar de sus dedos. Recordé la tristeza de pasar largos periodos sin ella, sin mamá, a cargo de cualquiera de mis abuelos o mis tíos, totalmente confundida a la vez que profundamente aliviada. ¿Es posible sentir incertidumbre y alivio a la vez? No lo sé; para mí lo era.
La voz de David me distrajo.
—Aurelia, ¿estás bien? ¿Ahora qué más estás pensando? ¡Ya no te preocupes, por favor! —Sonrió, buscando suavizar mi tensión. Se acercó por detrás, colocó sus manos en mi cuello y descendió hasta mis hombros en un suave masaje.
—Claro, ¡nuevamente tienes razón! —respondí con una sonrisa fingida, esa sonrisa perfecta con la que lograba disimular la angustia que me causaban mis pensamientos.
Debió adivinar que me molestó su falta de empatía, que quería escuchar más palabras que me hicieran sentir segura, porque retomó la plática.
—Bueno, vamos a ver, analicemos la aparición de la enfermedad. ¿Cuántos años tenía tu mamá cuando enfermó por primera vez?
—En la adolescencia —respondí con voz melancólica—. Me parece que al cumplir quince o dieciséis años. La verdad, desconozco los detalles de su primera crisis. Sé que quiso ser monja y estuvo a punto de entrar al claustro, pero mis abuelos no se lo permitieron; estaban convencidos de que su obsesión por la religión la enfermaría más. Ella jamás hablaba de cómo empezó; es más, lo poco que sé del inicio del calvario me lo contó mi madrina, mi tía Conchi.
—¿Y su mamá, tu abuelita, cuándo? ¿A qué edad tuvo su primera crisis?
—Ni idea —respondí, y enseguida me detuve un momento a invocar los recuerdos—. Fíjate, la que sí enfermó ya entrada en años fue mi tía Lesly. Tengo entendido que su tormenta perfecta se desató a los pocos días de tener a su primera hija en brazos. Su sistema no soportó la inmensa felicidad de recibirla. Con el segundo también enfermó. Es triste que a veces la felicidad no sea lo que imaginamos; a veces hace daño.
—¡Ya ves, Aurelia! —Y, tratando de obviar mi último comentario sobre la felicidad, agregó—: A pesar de que tienes estos casos y, sí, son tristes, no lo niego, no hay nadie en tu familia que enfermara después de cumplir cincuenta años, razón de sobra para que estés tranquila. Quiero que sepas que cuentas con mi apoyo; lo sabes, ¿cierto?
—Sí, lo sé. Gracias por estar.
Y mientras él me daba un amoroso abrazo y un beso en la frente, decidí depositar mi confianza en los hechos que me hizo ver. Agradecí tenerlo en mi vida; no sé cómo, pero siempre logra que me sienta mejor. Sus palabras parecieron envolverme en un halo de protección y aplacaron mis pensamientos.
Terminé de preparar las quesadillas para los cinco, llamamos a nuestros tres hijos, nos sentamos justo detrás del mantelillo que nos tocaba y las devoramos como si fueran las últimas de la semana. La tortilla de harina combinada con el quesillo original de Oaxaca, acompañada de salsa verde con mucho chile, convierte la sencillez de este platillo en nuestro manjar preferido para la cena. Esa noche no volvimos a tocar el tema, aunque algo me decía que seguiría buscando espacio en nuestras charlas.
Lo mío no era un temor infundado. Hacía ya rato que su psiquiatra nos había advertido en una de las sesiones de psicoterapia —a mi papá, a mi mamá y a mí— que debíamos estar muy atentos a cualquier cambio de humor extremo, euforia, falta de sueño, irritabilidad extrema o comportamiento impulsivo en las etapas donde mis hermanas y yo tendríamos cambios hormonales importantes: adolescencia, embarazo y menopausia. «¡Ande, pues! Debemos estar vigilantes», pensé. Nos hizo ver que teníamos ventaja.
—No se preocupen, tienen suficiente experiencia para detectar cualquier síntoma a tiempo.
Yo tenía mis dudas con su frase «a tiempo», porque era justo lo que no sucedía en las crisis de mamá. En los primeros dos o tres días de comportamientos extraños, dudaba papá y dudaba yo. «No, solo anda cascabeleando, no está mal, todavía duerme casi toda la noche, se va a controlar», nos decíamos. No era hasta que la situación pasaba de gritarnos por un vaso mal lavado a voltear la casa de cabeza durante las horas en que debía dormir cuando papá decidía tomar acción. Pobrecillo, siempre le costó más aceptar la llegada de la crisis; apelaba a la lógica: ¿cómo podría enfermar si siempre tomaba su medicamento? Y cómo no apelar a ella si una crisis significaba mucho dolor por la decepción, la agresión y la separación; y, ante el dolor, la primera respuesta es la negación. Es humano, ¿qué se puede hacer ante ello?
El doctor, para tranquilizarnos —según él—, nos explicó que no estaba demostrado que fuera hereditario y que la probabilidad de que apareciera en esta generación, es decir, en sus hijas, era mucho menor que la probabilidad de que apareciera en una tercera generación. «En la torre», pensé «los hijos de nuestros hijos. ¡Vaya legado!».
Esa tarde cambió mi forma de ver la enfermedad: solía considerarla la peor desgracia de mamá, una que era muy suya, y no imaginé que podría aparecer en las siguientes generaciones. Fue entonces cuando me quedó claro que tanto mis hermanas como yo cargábamos con el riesgo de padecer el trastorno maniacodepresivo —ahora conocido como trastorno bipolar—, y más claro aún que nuestros hijos, e incluso nuestros futuros nietos, tenían tendencia a desarrollar trastornos afectivos. Ante esta reflexión, valoré la información que recibí y asumí el compromiso de transmitirla a todos los descendientes de la familia y a aquellos que, por decisión propia, se vean atraídos a ser parte de ella.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que el doctor nos había compartido, así que fui nuevamente con mi tía Conchi.
—Hija, me gustaría decirte que la historia de la enfermedad empezó con tu mamá, pero no es así —me dijo mi tía Conchi, la segunda de las dos hermanas de mamá, mi madrina de bautizo, la responsable de quitarme los calcetines y darme golpecitos para que comiera cuando apenas tenía unos días de nacida. Me lo dijo en una de las tantas ocasiones en las que platicamos sobre el padecimiento que secuestró a su familia, en las que tratamos de averiguar su origen y en las que buscamos entender por qué se adueñó de la vida de muchos de nosotros.
Al refugio de una copa de oporto, un placer culposo que compartimos, me contó la triste historia de su tío, hermano de su papá y, por ende, mi tío abuelo. Una tarde del mes de abril, la tía Conchi acudió a su primera cita con el psiquiatra que le habían recomendado a su tía Romina. El doctor tenía su consultorio en un edificio de la avenida Juárez, en la ciudad de Puebla. A pesar de haber llegado puntual a su cita de las cuatro de la tarde, esperó un largo rato su turno. El doctor tenía la costumbre de asignar citas a sus pacientes y recibirlos después en orden de llegada. Ese día, en la sala de espera, ya había un paciente que, conocedor de la absurda dinámica, llegó incluso antes que el doctor. Cuando finalmente mi tía Conchi entró al consultorio, lo primero que le explicó al médico fue que hasta ese momento no había presentado síntoma alguno de trastorno bipolar y que había agendado la cita ante la insistencia de su tía, porque ella no lo consideraba necesario. El doctor estuvo de acuerdo y le propuso comenzar por su historia clínica, no sin antes disculparse por haberla hecho esperar demasiado tiempo. Tomó una hoja de papel para elaborar su expediente e inició el interrogatorio.
—¿Cuál dice que es su apellido, señora?
—Arias, doctor; mi nombre es Concepción Arias.
—¿Cómo? ¿Es usted familiar del señor Lencho Arias?
—Que yo sepa, no, doctor. ¿Por qué la pregunta?
—Su apellido no es muy común, señora. En otro lugar donde doy consulta, el sanatorio psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe, a unos cuantos kilómetros de aquí, en la ciudad de Cholula (una construcción justo a un lado de la pirámide, ¿lo ubica?)... Bueno, pues ahí tenemos al señor Lencho, un paciente con su mismo apellido. Es extraño que usted mencione que varios miembros de su familia presentan este trastorno y que compartan el apellido. Pensé que tenían alguna relación.
Al terminar, la tía Conchi se encontró con la tía Romina en la sala de espera, quien se había empeñado en acompañarla esa tarde. Se subieron a su coche, un vochito coqueto de color blanco, y, mientras se disponía a arrancarlo para regresar a su casa, le contó que el doctor había querido corroborar su apellido, el cual compartían, pues la tía Romina era su tía por parte de su papá. Le dijo que, si bien la charla le pareció extraña, le hizo sentido la curiosidad del doctor: el apellido Arias no era lo que se dice muy común, no tenía ningún conocido que lo llevara y que no fuera de la familia, y de pronto había un tal Lencho Arias internado en el hospital de Cholula. Raro.
Al escucharla, la tía Romina rompió en llanto, de ese llanto que desahoga el alma y hace enroscar el cuerpo, y entre gemidos alcanzó a decirle:
—¡Ay, Conchi! El doctor se refería a Lencho; él es mi hermano, es tu tío.
—Pero ¿cómo?, ¿por qué no lo sabíamos?, ¿cómo es que no dijeron nada?, ¿por qué?, ¿para qué ocultarlo? —Se le salieron las lágrimas, que pronto se convirtieron en enojo.
Y cuando se dio cuenta, ya había lanzado una infinidad de preguntas que no sabía si la tía Romina querría responder.
—Por vergüenza, hija, y por desconocimiento.
La tía Conchi detuvo su vochito del lado derecho de la calle, ya muy cerca de su casa, y le pidió disculpas por las preguntas que hizo en el momento menos indicado, quizá. Enseguida la abrazó con todas las fuerzas que su compasión le permitió.
—No puedo ni quiero compartirte todos los detalles de lo sucedido con mi hermanito Lencho; lo que lo llevó a ese hospital es muy doloroso de recordar para mí. Te contaré solo lo que considere importante.
Empezó por decirle que Lencho tenía un trastorno mental, el cual suponían que era el mismo que padecía su hermana Yoli, mi mamá, pero que él presentaba un comportamiento mucho más agresivo. Le contó que, con la idea de mejorar su calidad de vida y liberarlo de la estancia en el hospital, el psiquiatra que lo trataba años atrás recomendó una lobotomía, un procedimiento que consistía en realizar dos agujeros en la parte frontal del cráneo e inyectar alcohol directamente en el lóbulo frontal a través de ellos. Le contó que su hermano Efrén —mi abuelo— y ella autorizaron la intervención con la esperanza de que así disminuyera su agresividad. Les habían explicado que era una opción novedosa de la que muchos pacientes se habían beneficiado. La lobotomía eliminó el comportamiento agresivo de Lencho, pero ocasionó cambios en su inteligencia; poco a poco fue perdiendo su independencia hasta convertirse en un niño. Un niño adulto con necesidades especiales de cuidado. Así fue como el hospital psiquiátrico se convirtió en su hogar.
Terminó la charla diciéndole que ella y su hermano Efrén pagaban la atención médica y estaban al pendiente de Lencho, a quien visitaban con cierta frecuencia, hasta que dejó de reconocerlos. Entonces sintieron que ya no valía la pena: él ni siquiera sabía quiénes eran.
—¡Una historia muy triste, hija! —me dijo mi tía Conchi secándose las lágrimas, y, al levantarse de la silla, cerró la oportunidad de más preguntas—. ¡No más oporto, hija! Hay que darle vuelta a la página del tío Lencho; hace mucho que no está en este mundo. Tampoco tu tía Romina ni tu abuelo Efrén. Dejemos en paz su memoria —dijo con voz melancólica.
—Está bien. —Quería respetar su dolor, aunque no estuviera del todo de acuerdo en pasar la página sin más.
No iba a insistir; mi tía madrina, a pesar de ser una mujer fuerte y todo un ejemplo de resiliencia, es una apasionada de la vida, una mujer intensa en toda la extensión de la palabra, a quien el dolor se le ha quedado en la delicada piel. Aunque sabía que su corazón no tiene límites, preferí no compartirle que, para mí, esa página es el principio de una historia que exige a gritos contarse. Descubrir su luz sería reconocerla, honrarla y respetarla: un amoroso legado.
De Lencho no hay ni una sola huella que podamos incluir en la ofrenda del Día de Muertos; solo la historia que sus hermanos, Romina y Efrén, se atrevieron a contar mucho tiempo después de que se convirtiera en un niño grande. Lencho fue el cuarto fruto de la unión de una atractiva y sencilla mujer de origen tabasqueño, de nombre Aurelia Cadenas, con un alto y bien parecido emigrante español nacido en Gijón, Oviedo, región de Asturias, de nombre Ricardo Arias, un mujeriego empedernido que, en versión de algunos de sus nietos, prefirió huir de su país antes de aceptar la obligación que le imponía su familia de ordenarse sacerdote. En versión de otros, huyó para evitar el compromiso de un matrimonio arreglado. A saber cuál sería la verdad; lo cierto es que el mismo amor efímero que los unió los separó. Mientras que ella se fue a vivir con sus hijos hasta que los años la vencieron, él apeló a su nacionalidad y pidió asilo en la Beneficencia Española en la Ciudad de México. Ahí vivió hasta despedirse de este mundo. Nadie sabe si alguno de sus familiares respondió las cartas que él envió durante su exilio. El abandono a su familia le pasó factura. Si acaso añoró las respuestas que nunca recibió de Nicolasa —su mamá—, o si sintió nostalgia por su tierra o por sus hijos durante sus últimos años de vida, se lo llevó a la tumba. Romina y Efrén, extrañamente, jamás hablaron de su papá; se llevaron al más allá los motivos de su distanciamiento.
Unos días después, creo que casi a la semana de esa noche en la que el miedo irrumpió en mi silencio y la razón quedó expuesta, tan pronto como todos se marcharon de casa —él a trabajar en el hospital y los chicos al colegio—, mi fantasma, el miedo a enfermarme, apareció de nuevo. «Está incrementando la frecuencia con la que viene a visitarme», me dije. Nuevamente mis pensamientos juegan conmigo. Pareciera que todos estos años que llevo inmersa en el proceso de transformación personal, catorce para ser específica, no han servido de mucho. ¡Qué decepción, tanto tiempo para que en un momento todo el esfuerzo se desvanezca!
De repente, me detuve. Sabía que había conseguido manejarlo y mantenerlo encerrado durante varios años; había recorrido la adolescencia, el embarazo, la maternidad y un buen número de pérdidas en las que casi se me iba la cabeza, y había salido ilesa. Con la intención de ser paciente conmigo misma y regresar al momento presente, decidí empezar a fijarme en el ritmo de mi respiración e inhalar lento, suave y profundamente. Cuando los pensamientos se disiparon y mi cuerpo se suavizó, me observé —es algo que hago imaginándome a mí misma fuera de mí; suena loco, lo sé, por eso no se lo digo a nadie, solo sé que a mí me funciona— y, desde esa perspectiva, fuera de mí, miré pasar las nubes de pensamientos sin juzgarme por haberlos dejado entrar.
«Aurelia, estás sobrepensando algo que ya has analizado en repetidas ocasiones y no tiene lógica; está en tu cabeza, no hay nada que temer», me dije después de observarme de lejos. Me pregunto si el camino para transitar el cambio de década con el miedo a cuestas se limita a aceptar lo que siento, dejarlo salir y soltarlo. Sé que hay historias en mi interior por las que el fantasma aparece y logra captar mi atención, mas no hay evidencia alguna por la que deba permitirle influir en mí y, mucho menos, darle la oportunidad de dañarme. De ahora en adelante lo trataré como el compañero hostil que aparece para arruinar el momento, aunque venga a mostrarme algo. A este compañero tendré que hablarle firmemente: «Gracias, te veo, gracias por preocuparte, por tratar de mantenerme a salvo, solo que no estoy en peligro. Tienes que saber que te acepto y que estoy bien, me estoy haciendo cargo sin negarte; es más, ahora te quiero aquí para que vayamos platicando, te llamarás Iguanito y tal vez un día seremos amigos».
Un rayo de luz descubrió una idea distinta. Me pregunté: ¿y si esta frecuencia con la que el miedo a enfermarme me está visitando se debe a algo más que a la historia de la bipolaridad?, ¿y si está relacionado con otro asunto?, ¿y si hay algo que no estoy viendo o entendiendo?, ¿y si tal vez tiene que ver con mi futuro, con la edad, con los cambios que mi cuerpo viene experimentando? No lo supe, y en ese íntimo espacio en el que me sentía presente, verdaderamente me comprometí en secreto a profundizar; me comprometí a viajar por mi historia, que era también una parte de la historia de la tía Romina, el tío Lencho, el abuelo Efrén, la tía Conchi, el tío Alejandro, la tía Lesly y muchos otros de la familia, una historia salpicada por todos. «Quiero saber qué tienes que mostrarme», le dije a Iguanito, mirándome decidida frente al espejo justo antes de meterme en la ducha.
Una tarde de coincidencias, de esas que la vida no te tiene preparadas, aproveché que mi tía Conchi estaba de visita para indagar nuevamente en el pasado.
—Ándale, cuéntame sobre el primer episodio de mamá —le insistí mientras me enseñaba a preparar la carne picada con arroz, un plato típico tabasqueño que papá pedía al menos una vez a la semana con el argumento de que era muy sencillito de elaborar.
—¡Está bien, hija, ahijada mía! —respondió—. Te voy a contar solo porque piensas que eso puede darte paz. ¡Mira que lo hago porque te quiero mucho, cabrona! No me gusta hablar de esto y me parece que tú ya me agarraste de cronista.
Mi madrina fue muy generosa al compartirme recuerdos que a todas luces odiaba rememorar. ¿Será que su juventud escapó de su cuerpo y por eso era más fácil hacerla hablar? A pesar de la suavidad que se asoma en su cabeza de algodón, conserva la intensidad que la caracteriza.
—Cuando tu mamá cumplió dieciséis años se le metió en la cabeza que quería ser monja. En esa época vivíamos en El Carmen, la colonia donde está la iglesia del Carmen, donde te casaste.
—¡Ah, sí, lo recuerdo! Era su parroquia. Sé que vivieron frente al parque, donde una de sus vecinas le compartió sus recetas y le reveló algunos trucos de cocina. Sé que tomó clases de repostería avanzada y decoración de pasteles; le encantaba. Conservo fotos de mis primeras fiestas de cumpleaños donde en la mesa del pastel se alcanzan a ver las decoraciones con muñecos de azúcar glas; la foto que más me gusta es la del pastel de Blancanieves y los siete enanos. Sé que asistió a clases de corte y confección y que durante muchos años fingió que le gustaba. Costuraba desde las cortinas de la casa hasta nuestros vestidos, disfraces y los trajes de los bailables en los que participábamos mis hermanas y yo. Un día cayó en desesperación al no poder con la curva de una falda que trataba de entallar y le confesó a papá que nunca lo había disfrutado. No volvió a tocar la máquina de coser.
—Claro, hija, estudió corte y confección por obligación. Era idea de tu abuela que la hija mayor debía elaborar la ropa de la familia. A regañadientes nos hizo uno que otro vestido. Le quedaban lindos, pero a leguas se notaba que no era lo suyo. Tejer sí le gustaba, aunque eso lo aprendió de mi tía Romina. Bueno, bueno, regresando a la historia —dijo con un poco de melancolía, mientras mezclaba el arroz con la carne picada y el jitomate licuado—: sucedió que, en los días previos a su ingreso al convento, mientras se juntaban las cosas de uso personal que las monjas habían pedido, como juegos de sábanas, sarape, abrigo, zapatos, cepillo de dientes, papel de baño y demás objetos que usaría durante su estancia, dejó de dormir. Tú sabes que la alteración del ciclo del sueño es el primer paso a la crisis. Tus abuelos pensaron que era el exceso de emoción, hasta que reaccionó de forma agresiva cuando le indicaron que no la llevarían si no dormía al menos toda una noche. Lo cierto era que ya se notaban sus cambios de humor, su incomprensible molestia por todo lo que se le dijera, su arrebato ante cualquier idea contraria a la suya. Tu tío Efrén y yo, los que le seguimos en edad, la recordamos fuera de sí. Digo, tú bien conoces el carácter de tu mamá, pero su comportamiento esa vez fue muy distinto al de la típica hermana peleonera, acusona y hambrienta de perfección a la que estábamos acostumbrados. Esa fue la primera vez que la llevaron a un hospital psiquiátrico. No me preguntes cuánto tiempo estuvo ni quién la llevó; no lo sé. No lo recuerdo y no quiero esforzarme en recordarlo.
Tapó la olla y bajó la lumbre para que la preparación terminara de cocinarse lentamente. Entonces agregó:
—Tú me disculparás, hija; ya tengo suficiente de esta historia. La primera crisis de tu mamá nos cambió la vida. Nunca ingresó al convento. Al poco tiempo, tus abuelos decidieron que nos mudaríamos de Puebla a Villahermosa, como si la enfermedad fuera el mueble viejo que olvidas al ir en busca de algo mejor.
—No te preocupes, tía, te entiendo; al contrario, discúlpame por presionarte para ser mi cronista —le dije al tiempo que metía una cuchara en la olla para probar y asegurarme de que el jitomate estuviera en su punto—. Gracias por contarme; espero que el ejercicio de hablarlo te ayude a liberar el dolor. Los psicólogos lo recomiendan.
A juzgar por su cara, más quería mandarme al cuerno que continuar con el desahogo.
—Anda ya, te sirvo un plato de este manjar que tanto estabas jodiendo que te hiciera.
—Sí, por favor —respondí, y lo probé—. Está delicioso. En mi mente apareció la imagen de mi mamá cocinando este sencillito plato para papá. Sencillito, decía él cuando se le antojaba y quería convencerla de que lo preparara para comerlo al día siguiente; no tenía idea de cuántos pasos debía seguir para ponerlo en la mesa.
Después de que mi tía me relatara el primer episodio bipolar de mamá, caí en la cuenta de que estaba muy lejos de imaginar lo que vivió, y mucho menos lo que sintió a sus dieciséis años. Vio coartado su sueño de ser monja, un sueño que podría haber sido más producto de su enfermedad que de la esencia propia de su ser. Sabía que ese primer episodio había sido la punta de lanza que impulsó a su papá a tomar la decisión de dejar la ciudad que ella tanto amaba. Ni mis peores recuerdos me acercan a lo que ella enfrentó. Casi me avergüenzo de las veces que me he quejado.
Mamá, la mayor de los seis hijos del matrimonio entre mi abuelo Efrén y mi abuela Rochi. Él, un hombre amoroso, tabasqueño, de carácter recio, comerciante, camionero, amante fiel de reparar su cansancio con el vaivén de su hamaca, todo un poeta en potencia bajo la influencia del tequila. Ella, una alegre, pachanguera, divertida y ocurrente mujer, originaria también de Tabasco, del municipio de Macuspana, que padecía trastorno bipolar leve. Leve, a decir de los que vivimos sus episodios, y no precisamente por el término médico, sino porque sus crisis eran muy distintas a las de mamá o a las de cualquiera de los otros que yo presencié. Ni las crisis maníacas ni su estancia en el hospital psiquiátrico borraron de su rostro la dulzura que la caracterizaba.
Hasta en sus episodios era ocurrente: elegía a un hijo consentido y le retiraba el habla a los demás; los no elegidos no podían visitarla. Enfundada en su atuendo favorito —un huipil blanco con flores rosas—, se pintaba su piquito de color cereza y decía estar lista para el paseo; se reía, y su risa la hacía ver traviesa. Salía a platicar con los vecinos de la cerrada; podía regresar enojada con ellos o con una fila de personas listas para compartir una tarde de café con leche fría. Pobrecilla; una vez recuperada de la crisis, le preguntaban y lo negaba todo: ella nunca invitaba a extraños a su casa, solía afirmar. En una ocasión, entre risa y risa, se lanzó al cuello de mi hermana Cony; mientras la perseguía por la casa, le decía: «Te voy a matar», una frase fuerte para la abuela amorosa que solía ser. Era difícil creer que lo hubiera intentado en serio. Por fortuna, mi hermana logró zafarse y salir corriendo; de otra forma, nunca hubiéramos recordado la anécdota como una ocurrencia de la abuela enferma, fuera de sí, a manos del desequilibrio mental. Mi hermana, por su lado, relataba la escena con la sensación muy real de que la abuela Rochi la quería ahorcar; no lo recordaba para nada como un juego: Cony sí se espantó. Su sentir quedó diluido por el carisma de la abuela Rochi, y la escena se quedó en el repertorio de anécdotas de sus episodios.
Mis abuelos y sus seis hijos poblanos —Yolanda, Efrén, Concepción (Conchi), Humberto, Aurelia (Lesly) y Alejandro— regresaron a Villahermosa en la primavera de 1963. Como mi abuelo Efrén transportaba fruta que compraba a los agricultores en Puebla —manzanas, peras, aguacates, sandía, melón…— y la vendía a los mejores puestos del mercado de La Sierra en Villahermosa, se le facilitó hacerse de unos locales, los cuales, al morir, heredó a sus hijos varones. En los tres primeros montó una tienda de abarrotes que, según recuerdo, corría a abrir todos los días alrededor de las cinco de la mañana. En la tierra del mosquito y el calor, como se le conoce a Tabasco, muchas personas prefieren iniciar sus labores antes del amanecer; al menos, así era en los tiempos del abuelo.
Al llegar, vivieron en una pequeña casa en la calle Vicente Guerrero, cerca de la Conchita —parroquia de la Inmaculada Concepción de María—, de la plaza de Armas —un parque frente al antiguo palacio municipal— y de la calle Cinco de Mayo; en esa casa vivía una hermana de la abuela Rochi. No sé con exactitud el tiempo que permanecieron en Vicente Guerrero, pero lo que sí sé es que fue el suficiente para que el tío ingeniero se hiciera amigo de Martín, un chico del pueblo de Cacaos al que le solía prestar sus libros. Martín acostumbraba a estudiar con los libros del tío por las tardes, tardes de estudio que sirvieron para que mi mamá y él se enamoraran.
Tiempo después, el abuelo Efrén compró el terreno donde construyó la casa a la que llamamos la casa de los abuelos, que también sería la casa del tío Alejandro. Un día cualquiera, hurgando entre las cosas de mamá —cosa que me encantaba hacer, según yo, con la idea de conocer sus secretos, mientras ella me decía: «Ya vas de registrona»—, encontré un recibo por el enganche que el abuelo Efrén dio por ese terreno. El papel avejentado dejaba ver la cantidad de veinte mil pesos; «pesos de los de antes, de esos pesos que valían», comentó mamá cuando le pregunté por el recibo. La dirección que apenas se alcanzaba a leer era: Cerrada de Ayuntamiento, número 21.
La distribución particular de la casa de los abuelos evidencia que el abuelo Efrén la construyó sin pedir opinión a su esposa; y, si lo hizo, la ignoró. De otra forma, no se podría entender la ubicación de la cocina. Dividió el terreno en dos rectángulos. En uno dejó espacio para que, bien acomodados, entraran seis autos de tamaño mediano; y en el otro, el lado derecho, ubicó la casa. Al frente reservó unos cuantos metros de jardín, un jardín donde años después mi tío ingeniero pretendió cosechar chile amashito, una especie consumida en el sureste de México, redondito y picante, pero delicioso cuando se asa; se machaca con sal, se le agrega limón y unas rodajas de cebolla, morada de preferencia.
Al abrir la puerta principal se encuentran la sala y el comedor, nada particular; lo interesante viene al caminar por el pasillo hacia la parte posterior de la casa y llegar a la cocina, justo donde lo particular se hace evidente. La cocina, de escasamente cuatro metros cuadrados, colinda pared con pared con un baño tan grande que parece que fue diseñado para bañar a sus catorce nietos al mismo tiempo. Del lado izquierdo del pasillo, pasillo que se agranda al llegar a la cocina, colocó dos habitaciones: la primera frente a la cocina y la segunda frente al baño; esta última era la principal.
El cuarto de los abuelos tenía dos grandes ventanas: una daba al patio trasero y la otra al principal. La habitación frente a la cocina, más pequeña en comparación con la de los abuelos, estaba ocupada por el menor de sus hijos varones. Del otro lado del pasillo, en dirección al frente de la casa, se llegaba a la primera habitación, que fue la recámara de la menor de las tres mujeres. Y al final del pasillo, con vistas al jardín, había una especie de cuarto de trebejos, el espacio perfecto para que sus nietos dejáramos volar la imaginación y lo transformáramos en el escenario de fechorías por las que terminamos castigados varias veces.
La casa de los abuelos fue testigo de contrastes: tanto de las ocurrencias del abuelo y su carácter recio, como de la dulzura y fortaleza de la abuela Rochi; de crisis y recuperaciones, de mi nacimiento y hasta del enlace matrimonial de mi tía Lesly. Si sus paredes hablaran, contarían cómo el abuelo corrió a una de sus nueras por haberse atrevido a levantarle la voz, o la vez que el lavabo del baño cayó sobre su pierna como consecuencia de su necedad de colocarlo por cuenta propia, sin ayuda y aludiendo a que él sabía cómo hacerlo. Contarían sobre el tiempo que invirtió imaginando, diseñando y creando jaulas para pajaritos. Contarían las veces que preparaba frijoles con chile serrano seco hasta dejarlos como una pasta, pasta que aventaba desde la sartén hacia arriba para cacharla casi al instante, tal como lo haría un chef en un programa de cocina; y la vez que, en su afán por elaborar el mejor pastel, se le ocurrió batir los huevos en una cubeta con su propia batidora, un taladro al que le acondicionó un aspa, pues argumentaba que ninguna batidora era más rápida que la suya. Contarían cómo el tequila, especialmente el blanco, se apoderaba de su razón y le ablandaba algo más que las piernas, como aquella ocasión en que, llorando con caballito en mano, me dijo:
—Hijita, trae lápiz y papel. Voy a dictarte una poesía que estoy pensando; es en honor a ti, así que date prisa.
Contarían que la abuela Rochi preparaba diariamente café de olla, y dejaba hervir el agua con el café y la panela un buen rato para, una vez frío, quitar el asiento. Contarían cómo disfrutaba pintarse el piquito de su boca de color rojo cereza cada vez que esperaba a quien le había prometido llevarla a pasear. Contarían cómo algunos de sus episodios de manía casi pasaban inadvertidos. Contarían las veces que con arroz rojo y pipián recibía a sus hijos. Contarían las veces que ganó la partida de canasta uruguaya escondiendo alguna que otra carta; o las veces que la vieron sufrir un infarto, preguntándose si sería el último. Contarían la valentía con la que decidió operarse del corazón y con la que se despidió, sabiendo que tal vez no volvería. Contarían que le ilusionaba la llegada de los nietos y cómo los hacía reír eligiendo a su preferido en ausencia de los otros, para luego elegir al que no estaba como preferido, y se aseguraba de que quien se lo había preguntado primero no estuviera cerca.
Si esas paredes pudieran hablar, también contarían las historias de las celebraciones de las que fueron testigos; y, al tratar de elegir la mejor reunión de fin de año, de Navidad o de cumpleaños, tal vez terminarían peleando entre ellas. Sería maravilloso sentarse a escuchar las historias que les dejó cada generación, desde los abuelos hasta los nietos, y escuchar los buenos momentos que albergaron, y hasta los no tan buenos.
A la mañana siguiente de mi promesa, mientras me disponía a hacerme el desayuno —de nuevo sola en casa, los chicos en el colegio y él en una cirugía—, me percaté de que no sabía ni por dónde empezar. Aunque me esperaban unos correos por responder, los cuales atendí más tarde, elegí inspirarme mirando anuncios en el celular: tenía más prisa por descifrar el primer paso que por cumplir con mis obligaciones. Internet, que todo lo sabe y que empiezo a pensar que tiene poderes psíquicos, me arrojó la publicidad de un curso: «Sanando a mi niña interior». Una vocecita —tal vez de intuición, tal vez de deseo, tal vez de necesidad, no lo sé— me empujó a pedir más información. Había algo en mí que sabía que eso era lo que tenía que hacer, así que hice el pago y ahí estaba, inscrita en esta aventura.
El curso consistió en algunas reuniones virtuales con la instructora, una simpática chica española que curiosamente estudió Química, carrera que dejó de lado para dedicarse de lleno a la comunidad de Ho’oponopono que había fundado. Las actividades incluyeron meditación, visualizaciones y escritura. Con el compañero hostigoso —sí, el miedo a enfermarme, una versión de Iguanito—, mi pesar y mis fantasmas, invoqué el pasado y transité mis heridas. Indagué en todo lo que la instructora pidió: me escribí cartas, me recité frases amorosas diariamente, instalé nuevos hábitos, coloqué una de mis fotografías de cuando era niña a mi alcance y empecé a dedicarle unos minutos de mi día. Poco a poco, las actividades nos acercaron.
Descubrí, o redescubrí, a la Chapulina —así me dice uno de mis tíos— que vive en mí. La Chapulina soñadora que se sentía fascinada con la playera que en el frente decía «Quiero ser enfermera». La Chapulina que solía platicar con su oso de peluche, un oso de color café con el pecho negro, al que sentaba en una de las tres sillas de la pequeña mesa redonda de su habitación, una mesa de metal trenzado que nunca tuvo las cuatro sillas que parecía que debía tener. Su oso, amigo fiel, escuchaba atentamente su plática mientras ella le servía una tacita de café. La Chapulina que disfrutaba caminar sobre la banqueta frente a su casa, mientras practicaba las instrucciones de su tío el ingeniero y caminaba con elegancia y distinción al tiempo que giraba su sombrilla color azul cielo con olanes que su abuelita Rochi le había regalado. Esa Chapulina que creció de pronto, obligada a la empatía, una empatía que anuló su voz. Una Chapulina que aprendió de ausencias, no de esas en las que te abandonan y los odias de manera justificada, sino de ese abandono que requiere comprensión, pues es el efecto de una enfermedad.
Fue doloroso reconocer que funcionaba en modo «lo niego todo», como esa canción de Joaquín Sabina que me encanta. Dentro de mí solía afirmar: «¡Claro que estoy bien! ¡Soy fuerte! ¡Nunca me afectó tanto, aprendí a manejarlo!». Sí, hasta hubo momentos en que ni sentía. Tuve un papá que siempre me aconsejó, me apapachó y me explicó que mi mamá me amaba, que todo lo que hacía durante los días de crisis no era en mi contra; no era yo la culpable, era la enfermedad. Con cariño y paciencia siempre se detuvo a explicarme. Gracias a su apoyo, su comprensión, su guía y la perspectiva que me mostraba, logré enfrentar y superar los efectos de la enfermedad de mamá.
Con el tiempo y la constancia, comprendí que las horas de terapia no habían sido suficientes; ahí estaba la Chapulina pidiendo ayuda. Gritaba que dejara de fingir que había sanado cada centímetro del trecho, que dejara de repetir que entendía al cien por ciento la enfermedad, y me preguntaba por qué olvidé el abuso, si alguna vez me quejé en su nombre o si alguna vez les dije que no podía más. Me había hecho la loca y la había abandonado; la olvidé y le fallé. No me hice cargo.
Al son de la canción que yo misma me repetía —«ya recibí la ayuda necesaria de mi papá, de la familia, del psiquiatra y los psicólogos»—, enterré mi sentir y lo que me daba vergüenza recordar. Hasta ese momento tomé consciencia de que la Chapulina aún sentía que la vida había sido injusta a pesar de todo el apoyo. Aún sentía la agresión aunque no era su culpa ni en su contra; a ella le tocó vivirla. Aún sentía el abandono de su mamá, a pesar de que siempre hubo quien la cuidara: una tía, un tío o los abuelos. Mamá tardaba en estar para ella y, cuando al fin regresaba, la recuperación tomaba tiempo. Sentía que nada parecía satisfacer sus expectativas; con obediencia evitaba el enojo o el cinturón, y con las mejores calificaciones lograba reconocimiento. La comparación aún dolía: su mamá la comparaba constantemente con quien ella consideraba mejor. Todas las niñas eran mejores: la que cocinaba a muy pequeña edad, la que limpiaba su casa, a la que le gustaba tejer, la que no mentía… Aún le dolía reconocer que su valentía fue desvalorizada cuando su mamá la acusó de mentirosa el día que se atrevió a hablar de las caricias abusivas que un tío suyo le hacía, un tío al que ella respetaba y quería.
Al concluir el curso, comprendí que no era el final, sino el principio. Me comprometí a trabajar en mí, por mí y para mí, todos los días, todo el tiempo. A veces me siento egoísta.
***
Aurelia es la primera niña del matrimonio entre Yolanda y Martín, quienes también son los hijos mayores de sus respectivas familias. Ella, nacida en Puebla de los Ángeles, tenía el rostro blanco, iluminado por una frente ancha, y ojos redondos de mirada afable y penetrante. Él, tabasqueño, originario del pueblo de Cacaos, era de piel de chocolate, con ojos coquetos adornados por pequeñas pestañas rizadas y un rostro un tanto peculiar que, en palabras de su amigo, el poeta tabasqueño Carlos Pellicer Cámara, lo hacía parecer «el antiguo joven sobrino nieto del gran Akenatón» —décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto y esposo de Nefertiti—. Yoli y Mar, como solían llamarse entre ellos, eran dignos representantes de su rol; siempre pendientes de sus progenitores y de sus hermanos, les hablaban a sus papás todos los días y solían visitarlos cada domingo, una costumbre arraigada desde tiempo atrás en sus familias. Si alguno les avisaba que tenía alguna molestia física o parecía estar enfermo, no dudaban en dejar lo que estuvieran haciendo para llevarlos al médico y cubrir los gastos.
Aurelia nació un miércoles 27 de diciembre, en la ciudad donde sus padres se conocieron, dos días después de que una tromba de agua inundara su casa. Su mamá le contó que el agua le llegó hasta las rodillas y que, con todo y su gran panza a punto de parir, logró salir de ahí. Considerando los 153 centímetros que medía su mamá, a Aurelia le pareció que no era mucho. De grande, no le quedó más que tomar como cierta esa anécdota, pues nunca encontró un periódico de la época que lo reportara.
Los recuerdos más nítidos de su infancia comienzan en una casa de la Calle 7, donde vivió hasta casi cumplir los nueve años. Esa casa quedaba a medio camino entre la de sus abuelos y el mercado de La Sierra, donde estaba la tienda de abarrotes de su abuelo. El espacio era suficiente para los tres. Tenía un lindo jardín que su papá cuidaba como su más preciado tesoro. En el interior había dos habitaciones con un baño entre ellas; además, contaba con cocina, sala, comedor y un gran patio que la rodeaba en forma de «U». Una reja permitía ver el interior del jardín; en realidad, desde el frente de la casa todo se veía, como el camino formado por mosaicos que llegaba hasta la puerta principal y el pino que su papá sembró en medio del jardín, ese pino que era su orgullo.
La casa colindaba del lado izquierdo con la de unos vecinos a quienes le encantaba visitar; se paraba frente a la pequeña puerta de barrotes que conectaba con su patio y gritaba:
—Carmita, ven, ven, vamos a echar una platicadita.
En la colonia, y especialmente entre los vecinos, la ubicaban como la niña de las platicaditas. A su corta edad ya se asomaba su personalidad dicharachera. Era una niña pequeña de rizos rubios que aparecía siempre sonriente en las fotos. Solía sacar su pelota color marrón, una pelota de plástico suave con una cara sonriente impresa en ella —una carita similar a la dibujada en las bolsas de papas de las que no te puedes comer solo una—. Tomaba su pelota entre las manitas de forma que pudiera ver el dibujo —le gustaba mirarla— y arrancaba a correr por todos lados; llegaba al otro extremo del patio y, desde ahí, la tiraba para que quien se encontrara del otro lado se la aventara de regreso. Aunque tenía muchos juguetes, ella prefería su pelota, una muñeca de pelo lacio y largo, y a su amigo, un oso de peluche suave con el que acostumbraba platicar mientras simulaba tomar café. Decía que su amigo oso la escuchaba atentamente, y que conocía su lista de pedidos a los Reyes Magos y sus quejas, porque no siempre le traían lo que pedía. Un día le dijo a su tía que le encantaba estar con él porque no gritaba, no se enojaba, no discutía y, al verlo a su lado, ya no se sentía sola.
Hubo un tiempo en que su mamá, quien había estudiado en la Escuela Normal Superior de Puebla, salía a trabajar y daba clases en algún grado de primaria, mientras que su papá trabajaba y estudiaba ingeniería; le faltaba poco para concluir cuando se casaron. Un buen día, su mamá regresó más temprano de lo acostumbrado de la ranchería donde estaba la escuela en la que impartía clases, y encontró que la chica que cuidaba a Aurelia la tenía despeinada, con la ropa sucia y sin comer; entonces decidió renunciar. Siempre dijo que ese había sido el motivo por el que había dejado de dar clases: no podía ver a su hija así, por lo que decidió dedicarse solo a ella. Nunca hablaba de que su enfermedad también tuvo que ver, quizá porque no supo que su papá le había pedido a Martín que valoraran muy bien el riesgo que corría al viajar sola hasta la ranchería, sobre todo con la posibilidad latente de alguna crisis.
Aurelia y su mamá, experta repostera por convicción, solían preparar galletas cuando su papá estaba fuera de casa, pues su ausencia se les hacía muy larga. Una noche, al terminar de acomodar las galletas sobre las charolas de hornear, su mamá enfureció, comenzó a regañarla y a gritarle, y ella, asustada, corrió a encerrarse en su cuarto. Tiempo después, escuchó un ruido, se asomó por la ventana y vio a su papá abriendo la reja que daba a la calle. Se apresuró a salir a su encuentro para contarle lo que había pasado. Mientras él abría la puerta principal, su mamá salió de la cocina; había terminado de hornear la última tanda de galletas. Cuando Aurelia notó que su papá entraba, corrió hacia él y, tras refugiarse en sus brazos, le dijo:
—Mamá está enojada.
A lo que él respondió:
—No te preocupes, hijita, no pasa nada; ve a tu cuarto mientras hablo con ella.
Escuchó a su mamá gritar:
—¡Déjame en paz, le voy a pegar!
La curiosidad la hizo abrir la puerta de su habitación suavemente; al asomarse, vio a su papá hablándole en voz baja a su mamá, y alcanzó a escuchar que él decía:
—Tranquila, Yoli, tranquila.
Lo decía mientras caminaba hacia su sillón mecedora, colocado al lado de la ventana, como lo hacía todos los días al regresar a casa. Él disfrutaba de su vaivén mientras su esposa preparaba la cena. Cuando Aurelia giró la vista para buscar a su mamá, observó que salía corriendo de la cocina con un vaso de jugo de naranja en la mano. Sin más, se paró frente a él y se lo aventó. Aurelia comenzó a llorar. Su papá se puso de pie y se dirigió a ella:
—Hija, que te vayas a tu cuarto; te había dicho que te fueras, ¿acaso no entendiste?
Lo que pasó después está en las lagunas de su memoria. Nunca entendió por qué, si su papá le explicaba que la enfermedad de su mamá era lo que hacía que se comportara de forma extraña, otros solían inventarle historias que parecían para niños. Como el día en que le contaron de aquel viaje largo al que se había ido el tío Carlín, como si no recordaran que ella estaba de visita en su casa con su mamá y lo vio caer al suelo, a los de su alrededor gritar y a otros decir: «Trae el alcohol para frotar el pecho». Era raro: por un lado, debía tratar de entender que su mamá gritaba, no dormía y se peleaba con su papá por estar enferma —eso que ni ellos comprendían del todo—; y, por el otro, nadie se atrevía a admitirle que no vería más a su tío porque se había muerto. «Claro, se fue a un viaje al cielo, sé que se murió», pensó ese día. «Yo sé muchas cosas; sé que papá casi muere cuando se fue a Chetumal, por eso tiene una gran cicatriz en la frente en forma de letra L y por eso no me pudo traer la bolsa de Hello Kitty que le había pedido».
Aurelia estaba por cumplir siete años y la familia de tres creció. Nació su primera hermana, dos meses y dos días antes que ella, en la ciudad donde había nacido toda la familia materna: Yoli, Lesly y Conchi. Su papá estaba ilusionado con que fuera niño, y ella, con que él estuviera contento. Justo antes de que naciera, lo escuchó decir: «Ojalá sea niño, lo llevaré al béisbol, le compraré un guante y le enseñaré a pichear». Cuando el doctor salió del quirófano para avisar que era niña, su papá exclamó: «Lo sabía, tendré puras niñas». Se puso feliz y olvidó la idea del guante. Años después, pondría a sus hijas a ver deportes a su lado; disfrutaron muchos partidos juntos y aprendieron un poco de todos los deportes que él seguía. Cuando sus papás tuvieron la idea de tener otro hijo, preguntaron al ginecólogo la probabilidad de tener un varón. Él respondió que, en su experiencia, cuando en una familia hay una tendencia a concebir solo chicas, la posibilidad de tener un hijo del sexo masculino no aparece sino hasta después de siete embarazos.
Todos querían sostener en brazos a la nueva integrante y cuidarla; decían que había nacido tan blanca como la leche y que era muy parecida a su mamá, preciosa. Por otro lado, Aurelia, que había esperado tanto tiempo por un hermanito que resultó ser una niña, la vio como una intrusa que había llegado a acaparar la atención de todos. La habían recibido como ella recibía sus juguetes nuevos. Tardó mucho tiempo en comprender por qué no le daban la misma atención que antes: ahora su papá, su mamá, sus abuelos y sus tíos estaban felices por alguien más. Debió aceptar que la bebé era realmente simpática; su cabello dorado y rizado hacía juego con su sonrisa y lo redondito de su pequeño cuerpo. Comía tanto que su abuelo Efrén solía poner una pieza de pierna de pollo entre sus pequeñas manos y reír a carcajadas mientras la niña intentaba morderla con singular gozo con sus diminutos dientes.
A los pocos días de dar a luz a su hermana, su mamá enfermó. Alcanzaron a hacer el trámite de registro en el hospital donde nació y la llamaron Concepción, con lo que hicieron valer la promesa que le habían hecho a su tía Conchi de que, si tenían una próxima hija, le pondrían su nombre en honor a la niña que había perdido un año antes. La apodarían cariñosamente Cony. Su papá le explicó que su hermanita se quedaría en casa de su tía Conchi; la cuidarían ahí, ya que para ellos sería más complicado. Así regresaron juntos a la Calle 7. La urgencia de su papá por volver se debía más a la necesidad de juntar dinero para hacer frente a los gastos que significaba tener a su mamá internada en la clínica psiquiátrica. Para su papá no era novedad la situación, mas no así para la niña, que, en esta ocasión, con el nacimiento de su hermana, también empezó a tener consciencia de la falta de mamá. Una vez más, estaría sola.
Al llegar a casa, al conocer la inquietud de su hija por saberlo todo, y fiel a su estilo de comunicación abierta con ella, su papá le explicó el plan para los días en que su mamá no estaría. Él la levantaría, la ayudaría a arreglarse y la llevaría a la escuela. Al terminar el horario del colegio, la recogería y juntos irían a comer a casa de sus abuelos maternos; al terminar de comer, él se iría a trabajar y ella se quedaría con los abuelos toda la tarde. En ese tiempo, lo primero que debía hacer era su tarea y luego podría jugar. Cuando él terminara de trabajar, ya en la noche, pasaría por ella para ir a casa. Jugarían y prepararían la cena para acostarse a buena hora —tipo las ocho o nueve de la noche—. Así, día tras día. Le dijo que no debía preocuparse, que estaban juntos y tendrían ayuda de sus abuelos y tíos. Le repetía constantemente que la amaba, que estuviera tranquila y que juntos saldrían adelante. Debía tener paciencia y entender que su mamá estaba enferma; no era algo que le gustara o controlara, por lo que le pedía que por favor tratara de comprender.
***
—¿Sabes cómo me gustaría celebrar mi cumpleaños? —le pregunté mientras preparaba los pasteles de cumpleaños para nuestros cuates.
Nuestros hijos gemelos son muy listos, y no por haber compartido espacio y tiempo en mi vientre, ese espacio que parece ser pequeñito cuando se mira mi altura, pero qué bien los mantuvo a los dos. Cada uno tiene una personalidad muy distinta, aunque tienen gustos parecidos. Me pidieron dos pasteles: uno de tres leches, pero preparado en Thermomix, mamá, porque el primero que preparaste salió mal; y el otro de chocolate amargo, por favor, con la receta de mi abuelita Yoli.
—¿Cómo? —contestó él.
—Quiero organizar una fiesta para reunirme con mis tíos, primos y sobrinos. Quiero compartir tiempo con ellos.
—¡Uy, Aurelia! Como tú quieras, pero veo difícil que todos puedan estar.
—¡Aún lo estoy pensando! La verdad me preocupa la inestabilidad de mi trabajo y tengo pendiente la revisión de mi dentadura. Ya ves que no he podido arreglar ese dolor en mi mandíbula izquierda, temo que sea la muela que no termina de quedar bien.
—Te diría que pago la fiesta, pero conoces los gastos, el colegio, la casa… Ya ves que el trabajo varía; hay meses muy buenos y otros en que los pacientes no terminan de operarse.
—No te preocupes, no es la idea presionarnos por una fiesta. Además, ni que fuera para tanto —afirmé tratando de mostrarme desinteresada por la fiesta que, unos minutos antes, me ilusionaba. La verdad, no por la fiesta en sí, aunque confieso que me encantan, sino por la ilusión de reunir a los que se pueda.
—Bueno, igual podemos valorarlo en uno o dos meses más. Ahora te dejo; me voy a trabajar, que todo vaya bien con los pasteles.
Se despidió aventándome un beso mientras yo untaba la mantequilla en el interior de los moldes de aluminio y espolvoreaba la harina con la técnica que le aprendí a mamá. El embadurnado y el enharinado —como ella les llamaba— evitaban que la mezcla se pegara al molde durante el horneado y, al enfriarse, el pastel salía fácilmente.
Esa tarde, mientras colocaba los pasteles en el horno, me quedé pensando en cuántas veces uno quiere algo y por alguna razón no se puede. Recordé la frase que papá decía cada vez que la vida le daba un revés a sus planes, convencido de su realidad: «No se puede tener todo, hija, lo más importante es que hay dinero para atender a tu mamá». Me sentí triste al recordar el sentimiento de injusticia que se apoderaba de mí cada vez que papá me hacía ver esa realidad, y que a todas luces siempre busco olvidar.


